Riendas de Esperanza: caballos, comunidad y otra forma de descubrir Arona
María Candelaria Alayón Rodríguez lleva más de treinta años vinculada al mundo del caballo. En Arona, esa relación terminó dando forma a Riendas de Esperanza: un proyecto que propone acercarse a estos animales desde el respeto, la confianza y el acompañamiento.

Hay proyectos que nacen de una idea y otros que aparecen poco a poco, casi sin haber sido planeados. Riendas de Esperanza pertenece a los segundos. Antes de convertirse en asociación y antes de abrir su espacio a otras personas, existió una relación personal de más de tres décadas entre María Candelaria Alayón Rodríguez y los caballos.
Hoy esa historia continúa creciendo en Arona, dentro de un entorno rural que forma parte de la propia identidad del proyecto. Hablamos con María Candelaria para entender qué puede enseñar un caballo cuando se le escucha desde otra perspectiva, por qué el tiempo de cada persona importa y qué significa abrir este espacio a la comunidad.
Respeto
La relación con el caballo parte de observar, escuchar sus señales y evitar la imposición.
Comunidad
Familia, voluntariado, mujeres rurales, centros educativos y vecinos forman parte del proyecto.
Territorio
Riendas de Esperanza no se entiende sin Arona y la vida rural que todavía permanece en su entorno.

«Tenemos que dejar alguna huella y que sea bonita»
Cuando se le pregunta quién es antes de hablar de Riendas de Esperanza, María Candelaria no empieza por un cargo. Habla de cercanía, constancia y de una forma de vivir el entorno.
Su idea de proyecto nace precisamente de ahí: cuidar a los animales, abrir un espacio que forma parte de su propia vida y conseguir que esa apertura pueda tener sentido también para otras personas y para Arona.
«Tenemos que dejar alguna huella y, si puede ser bonita, ya sería el no va más.»


Aprender de los caballos antes de enseñar nada
Los caballos entraron en la vida de María Candelaria hace más de treinta años. Ella resume lo aprendido con dos palabras que aparecen una y otra vez durante la conversación: paciencia y respeto.
Su primera yegua, un regalo de su padre, estuvo con ella durante casi tres décadas. Aquella relación fue el inicio de una forma de mirar al animal que hoy atraviesa todo el proyecto: observar antes de actuar, entender que la confianza necesita tiempo y aceptar también los momentos de despedida.
No basta con querer acercarse a un caballo. Hay que aprender a escucharlo, interpretar qué necesita y comprender que el vínculo se construye desde el respeto mucho más que desde la fuerza.


Cuando otras personas empezaron a encontrar también su lugar
El espacio ecuestre fue construyéndose poco a poco. Primero fue una necesidad personal: tener un lugar propio para los caballos. Después apareció algo que nadie había diseñado sobre un papel.
Comenzaron a llegar amigos, conocidos y personas que nunca habían tenido contacto con un caballo. Algunas lo hacían con miedo e inseguridad. Con el tiempo empezaban a observar, a preguntar y, finalmente, a acercarse.
Ahí nació la posibilidad de convertir el lugar en algo más: un espacio donde enseñar quiénes son realmente estos animales y cómo relacionarse con ellos de una manera gradual y respetuosa.


Desde tierra también se aprende
Riendas de Esperanza no plantea su trabajo como una escuela convencional de equitación. Montar puede formar parte del mundo ecuestre, pero el núcleo del proyecto está en otra parte.
Desde tierra se observa al animal, se preparan materiales, se cuida el entorno y se desarrollan actividades guiadas. La propuesta busca adaptar los objetivos al grupo y acompañar el proceso sin obligar a que todas las personas vivan la misma experiencia ni alcancen el mismo resultado.
«Buscamos confianza, no dominación.»
Para María Candelaria, una tarea aparentemente pequeña —acercarse por primera vez a un caballo al que se teme— puede ser una experiencia enorme. Lo importante no es cumplir un tiempo estándar, sino que ese encuentro resulte significativo.
Por eso en la entrevista evita reducir el proyecto a una única etiqueta. Habla principalmente de acompañamiento y actividades socioeducativas asistidas con caballos, siempre desde una experiencia segura y respetuosa.



Familia, voluntariado y mujeres rurales
Riendas de Esperanza no es un proyecto individual. Detrás están la junta directiva, la familia de María Candelaria, personas del mundo ecuestre recuperadas después de décadas y un voluntariado al que ella concede un valor especial.
Buena parte de la junta directiva y del voluntariado está formada por mujeres. No como exclusión, sino como una oportunidad para dar visibilidad a la mujer rural. María Candelaria habla de su madre, su abuela y su bisabuela como parte de esa genealogía vinculada a un territorio que siempre ha sido construido por hombres y mujeres, aunque no siempre se haya contado igual.
En paralelo, el espacio explora propuestas de yoga rodeado de caballos, lectura, pintura, decoración de herraduras y actividades con centros educativos y alumnado NEAE. El caballo puede estar presente sin convertirse necesariamente en el centro de una actividad ecuestre convencional.


Arona, un pueblo para descubrir sin prisa
María Candelaria es tajante cuando se le pregunta si Riendas de Esperanza habría sido el mismo proyecto en otro lugar: no.
Arona forma parte de su identidad. El espacio está rodeado de vecinos y de una forma de vida que sigue conectada con la tierra y con los animales. Esa relación con el entorno rural convive con una imagen internacional del municipio mucho más asociada a la costa.
Su invitación al visitante es sencilla: subir a Arona sin prisa, caminar, sentarse en la Plaza del Cristo de la Salud, acercarse a la iglesia de San Antonio Abad y mirar la arquitectura tradicional, las calles empedradas y los balcones.
La visita a Riendas de Esperanza puede convertirse así en una puerta de entrada a otra Arona: la del casco histórico, la memoria rural y las tradiciones que permanecen más allá de la franja turística costera.
Completar el día con un paseo por Arona, Pueblo Mágico de España, permite descubrir la arquitectura tradicional canaria y la vida cotidiana del pueblo. La Plaza del Cristo de la Salud y la iglesia de San Antonio Abad son dos lugares desde los que empezar a conocer su patrimonio y su vínculo con el pasado rural de Tenerife.


Una experiencia que no cabe entera en una fotografía
Riendas de Esperanza habla de caballos, pero también de vínculos, de tiempo y de una forma de recibir. El visitante no llega para dominar un animal ni para completar una actividad a contrarreloj. Llega a observar, preguntar y encontrar su propio ritmo.
Ese matiz es el que convierte un espacio ecuestre en una experiencia vinculada al territorio. Arona no aparece de fondo: forma parte del proyecto, de su vida cotidiana y de la historia que María Candelaria quiere compartir.
¿Por qué esta experiencia es mágica?
Riendas de Esperanza acaba de incorporarse a Establecimientos Mágicos de España como experiencia vinculada a Arona. Para el proyecto, formar parte de la red significa reconocimiento, visibilidad y la posibilidad de conectarse con otras iniciativas que comparten valores de territorio, autenticidad y cercanía.
«Nuestro mayor deseo sería que quien venga se lleve esa imagen grabada dentro, no solamente en un móvil o en una cámara.»
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